LO IMPORTANTE NO ES LLEGAR A LOS 120 AÑOS DE EDAD, SINO VIVIR CON BIENESTAR Y FELICIDAD LOS AÑOS QUE DIOS O NUESTRAS ARTERIAS NOS CONCEDAN
Dice Yahvé en el Génesis (6, 3): “No permanecerá para siempre mi espíritu en el hombre porque no es más que carne; que sus días sean ciento veinte años”. Este mandato, que durante milenios debió resultar extrañísimo para una Humanidad cuya esperanza de vida jamás se acercó, ni de lejos, al límite ordenado, alcanza hoy una precisión y un significado sorprendentes. De una parte, según los conocimientos actuales, son ésos, exactamente ésos, los años que el ser humano llegaría a vivir en condiciones ideales. De otra, el desarrollo de la ciencia está aproximando, cada vez más, un mundo en el que el envejecimiento e, incluso, la muerte dejen de ser irremediables. Proliferan las líneas de investigación que, sin reconocer expresamente que la inmortalidad es la meta de la medicina, evidencian la búsqueda, implícita pero constante, de tal logro. William Haseltine, presidente del Human Genoma Sciencies, lo ha manifestado con cierta claridad: “la muerte –nos indica– es una serie de enfermedades evitables”. Y, por tanto, añado yo, evitándolas –lo que empieza a no parecer imposible– conseguiremos liberarnos de su imperio aparentemente penoso.
Los avances producidos en el campo de la genética, el perfeccionamiento espectacular en la técnica de los trasplantes, los progresos en las terapias regeneracionistas que encuentran en las células madre una esperanza cierta, el horizonte cercano de la clonación, la llamada biorreparación que pone al servicio de la salud el arsenal todavía inimaginable de la informática, los estudios sobre los telómeros y sobre cómo impedir el deterioro celular en zonas concretas del organismo, anuncian un futuro en el que la palabra “inmortal” se instalará intramuros de la ciencia. No se trata de especulaciones más o menos fantásticas, sino de una hipótesis probable –desde luego no inverosímil– que ya preocupa a los expertos en bioética. Así, aun reconociendo que no cabe prohibir nada, éstos destacan los muchos riesgos que tendrán que ir eliminándose. El de la discriminación, en primer lugar, puesto que, al concretarse estas habilidades adquiridas en tratamientos enormemente caros, crearán nuevas divisiones sociales terriblemente injustas. El de la superpoblación, en segundo, presagiando quizá soluciones radicales como la de un final legal y forzoso del tiempo que corresponde a cada cual. El de la desnaturalización, al cabo, de la verdadera función de una medicina entregada a veleidades literalmente inhumanas.
Esto último, acaso, sea lo más grave y urgente. “La comunidad científica –señala Daniel Callahan, bioético del Centro Hastings de Nueva York– debería ver su enemigo en la muerte prematura, no en la muerte en sí. El objetivo no debe ser aumentar la longevidad indefinidamente, sino permitir una vida suficientemente larga, que abarque desde la infancia hasta la vejez. Después la prioridad ha de ser cuidar, no curar”. Y es que la contemplación sensata de lo que somos nos devuelve a una humanísima realidad: la muerte es parte de la vida, una circunstancia irrenunciable para no perder esa esencial temporalidad que nos identifica y que dota de valor y de sentido a la aventura que implica todo proyecto vital. Un derecho, también, que, ni ahora ni nunca, ha de quedar a la inexperiencia, a la osadía o a la soberbia de tantos dioses neófitos.
[Fuente: europasur.com]
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Noviembre 20th, 2005 at 8:33 pm
Estimado José Luis…estoy de acuerdo contigo. Deberíamos palntearnos un nuevo concepto para poder afrontar la última etapa de nuestra vida…vivir en plenitud aunque nos quedemos en ¿los 75? ¡ojalá llegue a esta maravillosa edad! Un fuerte abrazo. Manuel