Jubilados y pensionistas vuelven a sus pueblos de origen
Son muchos los emigrantes que están deseando «cumplir» con la Seguridad Social, gestionar su pensión y salir a la carrera hacia el pueblo que abandonaron en su juventud. Allí les aguarda la tranquilidad y, quizá, una tierra en barbecho en la que echar las mañanas sin sentir sobre el cuello la soga del reloj. Los paseos a media tarde, o incluso la partida de cartas en un bar en el que se conoce todo el mundo son otros de los pequeños placeres añorados. La otra cara de la moneda son los pensionistas que se han adaptado a la ciudad y sueñan con lo mismo pero en un escenario de hormigón y alquitrán. Sin embargo, para buena parte de estos últimos su retiro dorado pasa, quieran o no quieran, por retornar al pueblo. La razón: que allí pueden estirar un poco más su raquítica pensión. Se trata de un fenómeno que se ha acentuado con la llegada del euro y que se ha convertido en la única solución para los beneficiarios de las pensiones más pequeñas.
Para Enrique Peidro, secretario de la Comisión de Pensiones de Ceoma -Confederación Española de Organizaciones de Mayores-, el «trasvase» de la ciudad al campo «es un fenómeno que se agudiza». «Sale más a cuenta irse al pueblo porque allí son mucho más baratos los productos básicos». «Es una realidad palpable, y muchos no nos vamos porque tenemos nietos y los hijos trabajan», asegura.
Los jubilados acaban asumiendo la función de niñeras. Por ello, afirma, no es raro que a muchos de ellos se les escape aquello de «¡qué a gusto me iría al pueblo!». Para el colectivo que representa resulta «inviable» que el Gobierno otorgue un «plus» a las pensiones de los mayores que viven en las grandes ciudades. Lo que sí exigen es que se mejore la práctica totalidad de las pensiones, sobre todo las de aquellos que subsisten con menos de 570 euros al mes (cinco de los ocho millones de pensionistas que hay en España).
Peor aún es la situación que viven los pensionistas que intentan regatear a la miseria con 313 euros mensuales. Se trata de pensiones, según Peidro, «que están por debajo de un nivel de vida digno». Todo ello obliga a muchos de estos pensionistas a tratar de arañar euros acometiendo algún tipo de trabajo: «El que puede hace alguna cosita, según su condición física». Por todo ello, exige que se cumplan los compromisos del Pacto de Toledo que todavía están pendientes: «Ahora que estamos en época de vacas gordas es el momento de mejorar la situación, por ejemplo, de las viudas».
María trata de llegar a fin de mes con poco más de 493 euros. Acaba de cumplir 70 años y trabaja tres días por semana limpiando viviendas. Se está replanteando muy seriamente irse a vivir a su pueblo natal porque en Madrid la única opción que le queda es seguir echando horas. Si no trabajara, después de pagar la contribución, los recibos y la comunidad de vecinos le quedarían poco más de 100 euros para comer y vestirse. Se queja de que el Gobierno tiene abandonadas a las viudas: «En la casa en la que limpio han tenido un niño y ya están diciendo que van a emplear el cheque bebé en un viaje a Italia, y yo tendré que subirme a escaleras para limpiar cristales hasta que me muera». El pueblo parece la única solución: «Allí no hay que pagar comunidad, ni transporte, porque está todo al lado, y la comida es mucho más barata. Incluso el que tenga un trozo de tierra puede sembrar verduras, criar un par de gallinas y un cochino y no tener que preocuparse más que de comprar cuatro cosas en el mercado».
La otra cara de la moneda la representan aquellos «urbanitas» que, durante su juventud, han descubierto un paraíso soñado al que retirarse por propia iniciativa. Es el caso de José Manuel, un madrileño «sin pueblo» que, junto a su mujer, decidió hacer las maletas cuando le prejubilaron para instalarse en un pequeño pueblo a orillas del Cantábrico. Se compró un terreno, se hizo una casa y, con la paga que le ha quedado, viven «como marqueses». «No lo hicimos por dinero, era nuestro sueño», aclara.
A la inversa, la Unión Democrática de Pensionistas (UDP) asegura que muchos pensionistas del ámbito rural hacen las maletas para trasladarse a las residencias de las grandes ciudades. También hay muchas personas que les piden ayuda porque les han cortado la luz o el agua por no poder pagar las facturas. Y es que «muchos pensionistas no llegan a final de mes, sobre todo con la entrada del euro». Pero en el campo no todo es oro lo que reluce: hay casos, dicen, de ancianos que tienen que salir con sus capachos al campo para recoger leña para calentar la casa, ya que no tienen ni para instalar calefacción o mantener el gasto de gasóil o gas.
[Fuente: larazon.es]
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mayo 26th, 2008 at 9:51 pm
quisiera saber si existe alguna ayuda o subencion para instalar el gas en casa ya que somos mayores y apenas nos llega la pension ademas dire que tengo una pequeña minusvalia (del 30%) por favor si algui sabe algo de esto ayudarme o si sabeis de un instalador barato pero fiable