Envejecer es consubstancial al ser humano pero…
El silogismo es claro y aplastante: “Todo hombre es mortal. Es así que Pedro, Juan, Manuel, etc. son hombres, ergo, luego son mortales”. El envecejer es algo irrevocable, algo consubstancial de la vida humana. El envejecimiento es algo inectuble, inevitable, para cualquier ser humano.
Pero la gerontología, la ciencia del envejecimiento (no confundir con la geriatría) nos enseña que envejecer es distinto de enfermedad y que como sabiamente nos muestra el célebre refrán popular español: “Nadie muere por los años, sino por otros daños”.
Más aún, la gerontología nos enseña que frente al principio de la “universalidad” del envejecimiento humano, existe el principio de la “!individualidad” del envejecer. ¿Qué significa esto? Pues, como dicen los latinos, que “la muerte es cierta, pero la hora incierta”.
Muy importante y esclarecedor lo que nos enseña la gerontología con este principio de la “indivifualidad”. Que no todos los seres humanos envejecemos a la misma velocidad. Que no todos los hombres y mujeres de edad avanzada tenemos el mismo ritmo de envejecimiento. Más aún, que no todos los órganos y sistemas del ser humano envejecen a la vez y al mismo ritmo. Que hay algo que se llama “el envejecimiento discontínuo”.
En síntesis, que el envejecimiento humano es individual, personalizado, diferencias y que, en consecuencia, depende de uno mismo y de muchos factores (que explicamos por activa y por pasiva en las páginas de este blog día a día) para que nuestro envejecer sea lento, pausado, armónico, equilibrado y “normal”, y nunca acelerado, disarmónico y patológico. En gran medida, de nosotros mismo depende.
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