Bienaventurados los jóvenes que comprenden a los ancianos y viejos
BIENAVENTURANZAS DE LA JUVENTUD
Después saliendo Jesús a la calle, cogió el metro en la estación de Goya y se bajó en El Lago. Luego se dirigió al conocido popularmente como Rockódromo de la Casa de Campo, que estaba completamente repleto de jóvenes bullangueros que habían acudido en masa a escuchar las actuaciones musicales de sus conjuntos favoritos. Todos esperaban expectantes las interpretaciones en directo de un amplio repertorio que abarcaba desde el jazz tradicional al rock duro y a la “música satánica” puesta de moda en los últimos tiempos, pasando por baladas pop, el género blues, música funk, sonido heavy, canciones bailables de rap, y de música discotequera del tipo salsa, merengue, bachata, tecno y dance más conocida como “música bakalao”.
Jesús se subió al gigantesco escenario, levantó la mano pidiendo silencio y mirándoles dulcemente a los ojos, les dijo a través de la potente megafonía instalada por los técnicos de sonido:
“Bienaventurados los jóvenes que demostráis comprensión con los ancianos que andan tropezando a cada rato a causa de sus pies torpes y de sus articulaciones oxidadas por falta de uso; los que les ayudáis a subir y bajar las escaleras; a cruzar la calle entre el tráfico alocado de todos los días; a tomar el autobús, a descender del micro y a caminar en la oscuridad por la noche por calles deficientemente iluminadas. Os aseguro que Dios no está lejos de vosotros, más aún, está muy cerca”.
“Bienaventurados los jóvenes que os percatáis de las manos temblorosas de los viejos y sois comprensivos cuando dejan caer la leche o el café sobre el pantalón o la camisa; o cuando se les escurre entre sus dedos agarrotados por la artritis el vaso o la taza que se hacen añicos. Bienaventurados los que estáis atentos y les ayudáis a introducir la llave en la cerradura de la puerta de su hogar, a atarse los cordones de sus zapatos o zapatillas, a encender el cigarrillo, a mover la ficha del parchís o dominó y a barajar las cartas de la baraja. Os digo que también Dios os ayudará a vosotros en los momentos difíciles de la vida”.
“Bienaventurados vosotros los jóvenes que os hacéis cargo que los oídos de muchos jubilados se han ido endureciendo con el paso de los años y que hay que esforzarse en elevar el tono de la voz cuando se les dirige la palabra, para que puedan entender lo que se les dice. Y que no es mala voluntad ni terquedad ni contumacia cuando no se enteran de las cosas que se les hablan. Os aseguro que Dios también será comprensivo con vosotros y será condescendiente ante vuestras flaquezas humanas”.
“Bienaventurados vosotros los que adivináis que la vista de los viejos está entenebrecida y que sus ojos empiezan a estar marchitos, que las cataratas comienzan a hacer estragos en sus cristalinos y la presbicia les impide ver las cosas con nitidez. Bienaventurados los que les leéis los titulares de los periódicos, las cartas que reciben de sus seres queridos o el libro que no pueden leer porque se les cansa la vista. Os digo que vuestros ojos verán a Dios, más aún, ya lo estáis viendo en estas provectas personas”.
“Bienaventurados los jóvenes que sabéis aceptar que la mente de las personas de edad avanzada es lenta en comprender los cambios acelerados de esta sociedad; que se sienten inseguros e incapaces de adaptarse a las nuevas situaciones; que piensan que ante el avance de los jóvenes, deben retirarse de la vida y permanecer inmóviles en un aparcamiento de viejos. Os aseguro que vosotros con vuestra comprensión y ayuda les podéis hacer inmensamente felices en los últimos años de su vida”.
“Bienaventurados vosotros los que con una sonrisa amistosa os detenéis a charlar un rato con el anciano que toma el sol sentado en un banco del parque o de la plaza; los que hacéis más soportable la soledad de estos corredores de fondo que son los ancianos; los que nunca replicáis a un viejo “ya es la tercera vez que me cuenta usted esta historia”; los que escucháis atentos las batallitas del abuelo. Os digo que Dios también os escuchará a vosotros y atenderá solícito a vuestros anhelos juveniles”.
“Bienaventurados los jóvenes que hacéis experimentar a los jubilados y pensionistas que son amados, estimados, respetados y que se les considera necesarios, útiles, irrepetibles y que, por lo tanto, no deben vivir aislados, arrinconados, marginados, enclaustrados ni escondidos. Bienaventurados los que ilumináis con vuestra bondad, amistad, comprensión y solidaridad, los días que les quedan de vida a los adultos mayores y a las personas envejecidas en el camino hacia la patria eterna. Os aseguro que Dios no echará en saco roto vuestra bondad y actitud positiva hacia las personas de edad”.
Y las palabras de Jesús resonaban por toda la Casa de Campo a través de la megafonía en sonido cuadrafónico con una potencia de más de trescientos mil vatios. Y cada bienaventuranza que salía de sus labios, era inmediatamente subrayada por los verdes e intensos rayos laser que atravesaban el ambiente en todas las direcciones. Y aquella multitud de jóvenes despidió a Jesús con atronadores aplausos y gritos de júbilo. Pero Jesús sabía que sus palabras iban a quedar diluidas en muchos jóvenes entre el líquido consumido de “botellones”, “litronas”, “cubatas” y “gin-tonics”.
Y Jesús se retiró a solas a un lugar de la Casa de Campo porque quería respirar aire puro y orar en silencio.
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