Muchos adultos mayores y jubilados pasan los días sentados, vegetando y sin saber qué hacer

CURACION DEL PARALITICO

Entró Jesús en la ciudad de Sevilla y enseguida se corrió la voz que estaba descansando en una casa del barrio de Santa Cruz. Y la gente acudía en tropel a verle y a escuchar sus palabras. Y acudieron tantos que parecía una manifestación. Y la policía nacional vigilaba discretamente por temor a posibles disturbios pues ninguna manifestación había sido autorizada para ese día según información fidedigna de la Delegación de Gobierno. Y la multitud se agolpaba junto a la puerta donde estaba Jesús pugnando por entrar. Jesús, mientras tanto, les dirigía la palabra.

Y una mujer de edad madura llamada Mari Carmen llegó empujando una silla de ruedas donde estaba sentado su marido Miguel, riojano de nacimiento, de sesenta y tres años de edad, paralítico desde hacía más de treinta años a causa de un accidente de coche que le había seccionado la médula a la altura de la séptima vértebra cervical dejándole desde aquel momento parapléjico, esto es, sin movimiento desde la cintura para abajo. Desde entonces percibía una pequeña pensión por invalidez permanente que no le alcanzaba para vivir con su mujer. Y se vio obligado a vender cupones de PRODIECU durante varios años para poder sobrevivir, al igual que hacían otros muchos minusválidos tanto físicos como psíquicos, hasta que esta entidad benéfica desapareció y fueron integrados en la Organización Nacional de Ciegos de España, más conocida por sus siglas de la ONCE. Desde entonces, Miguel todos los días vendía cupones de la ONCE en una esquina estratégica en la confluencia de dos grandes avenidas de Sevilla.

La mujer y su marido parapléjico deseaban ver a Jesús pero la muchedumbre se lo impedía. Entonces cuatro hombres, queriendo ayudar a este minusválido físico, dieron un rodeo, subieron a una terraza contigua y levantando varias tejas del techo de la casa donde se encontraba el Señor, hicieron un boquete lo suficientemente grande y descolgaron con cuerdas la silla de ruedas con el jubilado paralítico y lo colocaron justo delante de Jesús.

Al ver Jesús su buena fe, dijo al paralítico: “Confía, amigo, tus pecados te son perdonados”. Algunos de los presentes se escandalizaron al escuchar estas palabras y murmuraban entre sí: “¿Cómo habla éste así? Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?”.

Pero al instante, conociendo Jesús lo que discurrían dentro de sí y sus críticas perversas, les dijo: “¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir a este minusválido: perdonados son tus pecados, o decirle: Levántate, agarra tu silla de ruedas y vete andando a tu casa? Pues para que veáis que el Hijo del Hombre tiene poder para perdonar pecados sobre la tierra” dijo dirigiéndose al paralítico: “Tú, amigo, ponte de pie ahora mismo, coge tu silla de ruedas y vete tranquilo a casa por tu propio pie”.

Y Miguel, el jubilado riojano paralítico, ante el asombro de todos los presentes, se levantó con toda naturalidad de la silla de ruedas a la que había estado atado durante más de treinta años, la plegó con parsimonia y salió por la puerta caminando tranquilamente ante la vista de todos. Y todos se quedaron estupefactos y glorificaban a Dios que dio tal poder a los hombres. Y exclamaban: “¡Jamás hemos visto cosa igual en toda Andalucía!”.

Y saliendo Jesús a la calle, se dirigió a un Club de Jubilados que hasta hace poco había pertenecido al IMSERSO, esto es, al Instituto de Mayores y Servicios Sociales del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales y que, años atrás, había sido transferido a la Junta de Andalucía.

Y entrando Jesús a sus instalaciones, invitado por la Junta de Gobierno, contempló un panorama desolador: ancianos apoltronados y medio adormilados y en sillones y butacas, jubilados jugando entre una espesa humareda de cigarrillos a la brisca y al tute arrastrado a diez céntimos de euro la partida, pensionistas envejecidos prematuramente por su inmovilismo esclerotizante, ancianas amodorradas y consumidas de luto integral contándose sus penas en corro, viejos repantigados en sofás esperando incólumes la llegada de la muerte, en fin, un aparcamiento de ancianos y una deprimente antesala de la muerte.

Al ver esto, Jesús se entristeció profundamente porque eran como ovejas que no tenían pastor. Y volviéndose a los discípulos que le seguían, les dijo: “La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envía obreros a su mies” Y después añadió: “¡Ojalá que las autoridades competentes caigan en la cuenta que esta clase de Centros de Día convertidos en casinos baratos no hace ningún bien a las personas mayores!. ¡Bendito será el día en que envíen a profesionales Animadores Socioculturales a estos Centros de Jubilados para que los dinamicen con técnicas activas, motivadoras y creativas y los revitalicen de tal modo que las personas de edad puedan promocionarse y mejorar su bienestar personal y su calidad de vida!”.

Y alzando la voz para que todos los socios de ese Club de Jubilados le oyesen, exclamó Jesús: “En verdad en verdad os digo que: ¡sólo vegeta el vejete! ¡sólo lleva vida de vegetal el vejete o vejestorio que lleva una vida sedentaria y parásita! El paralítico que acabo de curar hace un rato estaba ciertamente inmóvil en su silla de ruedas, no por propia voluntad sino por motivo de una paraplejia que lo había dejado postrado irremisiblemente, pero vosotros os pasáis el día cómodamente arrellanados en butacas y sofás, abandonados, desplomados, tumbados, vegetando medio adormilados, no por ninguna enfermedad ni por achaques o dolencias crónicas e invalidantes, ni por prescripción médica, sino por propia dejadez, abatimiento, aburrimiento y automarginación”.

Y Jesús les explicaba con dulzura: “Tenéis que saber que los que pasan sus días así, inmóviles, inactivos, tristes, aburridos, taciturnos y melancólicos irremisiblemente sus músculos se atrofian, sus articulaciones se anquilosan, su esqueleto se descalcifica y los huesos se tornan quebradizos, sus órganos vitales se reducen de tamaño y todo el cuerpo se torna enclenque y propenso a enfermedades degenerativas y patológicas. Y lo que es peor: el espíritu se oxida, la voluntad se marchita, la ilusión decae, el alma se va secando y el deseo de vivir se esfuma de día en día”.

Y, antes de retirarse añadió las siguientes palabras: “Porque ya decían los antiguos: en el movimiento está la vida y en la actividad reside la felicidad”. Porque envejecer, si lo pensáis un poco, es moverse cada vez menos. Y el que camina, pasea, sube y baja escaleras, hace excursiones, se muestra emprendedor, dinámico, diligente y activo, hace patente a todos los vecinos y amigos su enorme vitalidad y su energía a pesar de sus muchos años cumplidos. Y por esto nos enseñan los antiguos que para mantenerse en forma: ‘poca cama, poco plato y mucha suela de zapato’, y, como consecuencia, que no hay que gastar tanto en médicos ni en medicinas, de las que muchos Mayores abusan, sino que hay que gastar en zapateros”. Porque tenéis que saber que “la salud en la vejez comienza por los pies” y que como afirman los árabes “el que mueve los pies, mueve el corazón” y, de esta manera evita las enfermedades cardio-vasculares.

Y desde aquel día, muchos jubilados que tuvieron la suerte de escuchar esta enseñanzas de Jesús, jugaban a veces “la partida” con sus compañeros después del almuerzo mientras degustaban el café, la manzanilla, el te o el poleo, pero entendiendo que el ejercicio es la mejor y más barata medicina durante la jubilación -que además no se puede comprar en ninguna farmacia- salían diariamente a pasear a la calle, caminaban por el parque, montaban en bicicleta, se iban al campo a respirar aire puro. Unos intentaban pescar en algún río o en algún pantano cercano, otros salían a coger setas al monte, otros jugaban al aire libre a la petanca, los bolos, la tanguilla, el chito o la rana. Y muchos jubilados hacían excursiones de un día, giras turísticas, viajes culturales y estancias hoteleras en la costa levantina o catalana cuando sus menguadas pensiones se lo permitían.

Y Jesús salió de nuevo a la calle cuando el sol se estaba ocultando y se dirigió al Parque de María Luisa. Y al ver que le seguían muchas personas ancianas con enfermedades crónicas, invalidantes unas e irreversibles otras, unos con artritis reumatoides agudas, otros con problemas de gota y artrosis degenerativas, algunos con dolores de ciática, neuralgias, desviaciones de columna y otros males, los curó a todos diciendo: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios es inminente. ¡Arrepentíos de vuestros pecados y faltas y creed en la Buena Noticia de la Salvación!”.

Y muy de mañana, se levantó Jesús, salió y se fue a un lugar solitario a orillas del río Guadalquivir. Y allí oraba en silencio. Y sus discípulos y amigos se volvieron locos buscándole y cuando, por fin, le encontraron le dijeron: “Señor, todo el mundo te está buscando”. Y Jesús les dijo: “Vamos a otra parte, a los pueblos vecinos, a hablarles de Dios también a ellos, pues para eso he venido al mundo. Y es precisamente en los pueblos y las zonas rurales donde hay más personas de edad avanzada que me necesitan”.

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