Muchas mujeres de edad sufren de enfermedades urológicas
JESUS CURA A UNA MUJER Y RESUCITA A LA HIJA DE JAIME
Cuando Jesús volvió, la gente lo recibió con alegría, pues todos le estaban esperando. Y se presentó un hombre llamado Jaime que ocupaba el cargo de Jefe de la División de los Servicios Sociales del Ayuntamiento de Granada. Y Jaime, echándose a los pies de Jesús, le rogaba insistentemente que fuera a su casa porque su hija única, de doce años de edad, estaba gravemente enferma, pues padecía las secuelas del síndrome tóxico como consecuencia de haber comido alimentos con aceite adulterado y, después de pasar muchos padecimientos y calamidades, estaba a punto de morir.
Jesús se puso en camino y se dirigió a la casa de Jaime, que vivía por el Barrio de Cartuja, seguido de una gran multitud. Y avanzaba lentamente apretujado por la gente que le rodeaba. Fue entonces cuando una mujer anciana de ochenta y siete años de edad, que desde hacía doce años padecía incontinencia urinaria, esto es, carecía del control de los esfínteres puesto que, con el paso de los años, había perdido el reflejo condicionado de la micción, se acercó a Jesús con la intención de tocarle, pues se decía a sí misma: “Si logro tocar aunque sólo sea la manga de su chaqueta, quedaré sana”.
Esta mujer de avanzada edad, como consecuencia de la incontinencia urinaria, había sufrido frecuentes cistitis, infecciones de orina con hematuria, irritaciones locales y cálculos en la vesícula. Todo ello le había acarreado traumas emocionales y psíquicos, dificultades de locomoción y disminución de sus relaciones interpersonales. Por otra parte, esta mujer anciana se había gastado todos sus ahorros que durante una porción de años había ido con mucho sacrificio acumulando y gran parte de su patrimonio en ginecólogos, urólogos, neurólogos y médicos de medicina general, sin que ninguno de ellos pudiera curarla ni obtener ninguna mejoría -antes por el contrario se encontraba peor que nunca- a pesar de que le hicieron tratamientos diversos, urografías intravenosas, uretrocistoscopias, tactos vaginales, sondajes y terapias ocupacionales.
Entonces esta mujer, acercándose por detrás a Jesús abriéndose paso entre la multitud, le tocó la manga de la chaqueta de su brazo izquierdo. E inmediatamente cesó el goteo de la orina que tanto le mortificaba y le hacía sufrir. Y en ese instante recobró el dominio de los esfínteres y de la micción. Y Jesús preguntó a bocajarro: “¿Quién me ha tocado?” Como todos los que le rodeaban lo negasen con la cabeza, Pedro y sus compañeros le dijeron: “Señor, toda esta gente te está apretujando y empujando continuamente por todos los lados”. Pero Jesús insistió: “Yo he notado que alguien me ha tocado de una manera muy especial. Y he sentido que una virtud curativa ha brotado de Mí”.
Cuando la mujer de edad comprendió que no podía ocultar lo acontecido, viéndose descubierta, se acercó toda temblando, se puso de rodillas y confesó públicamente a todos los presentes por qué razón ella le había tocado a Jesús y cómo había curado al instante. Pero Jesús la levantó, la consoló y le hablo así: “Buena mujer, tu fe te ha salvado. Vete en paz, abuela, y vive los años que Dios te conceda con salud, paz, felicidad y bienestar”.
Todavía estaba hablando Jesús, cuando llegó un familiar de Jaime, el Jefe de los Servicios Sociales del Ayuntamiento de Granada, trayendo una triste noticia: “Tu hija acaba de fallecer. no merece la pena que sigas molestando al Maestro”. Pero Jesús le oyó y acercándose al padre que estaba desolado, le dijo: “Jaime, deja de llorar, no te apures, ten confianza y tu hija se salvará”.
Llegó a la casa y al entrar no permitió que nadie fuera con Él sino Pedro, Juan y Santiago, así como los padres de la niña. Mientras tanto todos los familiares, amigos, vecinos y compañeros del Colegio Cristo de la Yedra, centro educativo situado en el Barrio de Cartuja lloraban en el patio y hacían duelo por ella. Y Jesús les ordenó: “¡No lloréis! La niña no está muerta, sino dormida tan sólo”. Y algunos se burlaban de Jesús porque sabían bien que estaba muerta.
Entonces Jesús entró en la habitación donde yacía la niña en su propia cama, la tomó de la mano y exclamó en alta voz: “¡Niña despiértate!” E inmediatamente la vida volvió a ella y se levanto de la cama como si tal cosa. Y Jesús le dio un beso y mandó que le dieran algo de comer y que le compraran algunas chocolatinas, caramelos y pasteles.
Y los padres no acababan de creérselo y estaban sobrecogidos por el temor y la alegría profunda que les embargaba. Y Jesús les recomendó que no contaran a nadie lo sucedido.
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