Una parábola antigua con tintes actuales

Estando Jesús paseando por el Paseo de Rosales de Madrid, cerca del Parque del Oeste, se le acercó entonces un jurista jubilado que hasta hacía poco había sido uno de los miembros más preclaros del Tribunal Constitucional y le dijo a Jesús para tentarlo: “Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?”. Y Jesús le respondío: “¿Qué está escrito en la Escritura? ¿Qué lees en ella tú que eres entendido en leyes?”.

Y contestó el eminente jurista: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo”.

y Jesús le dijo: “Sabiamente has respondido: haz esto y vivirás”.

Pero el letrado queriendo justificarse, preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”.

Y Jesús le contó la siguiente noticia aparecida en los principales periódicos del país:

“Un hombre de edad avanzada viajaba en un coche monovolúmen de Madrid a Galicia con su mujer y con sus tres nietos pequeños. Y cuando más felices iban pensando en lo bien que lo iban a pasar durante las vacaciones del verano en la playa de Las Américas, en Pontevedra, cerca de Bayona, junto a la Rías Bajas, un camión de transportes internacionales (TIR) se salió en una curva y les embistió frontalmente. Y aunque aquel buen hombre tuvo capacidad de reflejos y logró dar un viraje y salirse por el arcén, con lo que se salvó de una muerte segura, no pudo evitar el impacto con las ruedas traseras del camión. Y los cinco ocupantes del coche, tras dar dos vueltas de campana, quedaron heridos y medio inconscientes junto a la cuneta. Poco después pasó un sacerdote conduciendo una furgoneta, vio los heridos, pero pasó de largo porque temía llegar tarde a la Misa de doce que tenía que celebrar en un pueblo de la diócesis.

Más tarde pasó por aquel lugar un ejecutivo pilotando un automóvil deportivo descapotable, último modelo importado de Alemania, pero por no ensuciar de sangre la lujosa tapicería de cuero, se hizo el loco y pasó de largo a toda velocidad. Más tarde, pasó un joven con una moto de gran cilindrada, vio el accidente pero temiendo complicaciones con la policía o la Guardia Civil de Tráfico, dio un rodeo y siguió por otra carretera. Y cuando ya los heridos estaban desangrándose, un turista italiano que viajaba en coche a los Picos de Europa para festejar su reciente jubilación en la Fiat -floreciente empresa sidero-metalúrgica de fabricación de vehículos-, llegó al lugar del accidente y al ver tal panorama, se llenó de compasión. Freno de golpe hasta parar en seco el coche, se acercó a los heridos, les hizo una cura de urgencia con su botiquín de primeros auxilios, les desinfectó las heridas con agua oxigenada y mercromina. Después los subió a su coche y los llevó al hotel más cercano y cuidó de que no les faltase nada. Al día siguiente, llamó al director del hotel y le entregó veinte mil pesetas en euros, la
nueva moneda asumida recientemente por los quince países pertenecientes a la Unión Europea, diciéndole: “Por favor, cuida de esta familia accidentada y lo que gastes de más, yo, cuando regrese de mi viaje de vacaciones y pase por aquí, te lo pagare todo”. Y así sucedió realmente.

Y Jesús, una vez que hubo contado esta noticia de la que se habían hecho eco todos los medios informativos del país, preguntó al jurista jubilado:

“¿Quién de estas cuatro personas, a tu juicio, el sacerdote, el ejecutivo, el joven motorista o el turista extranjero, te parece que fue el prójimo de la familia accidentada?” Y el abogado contestó sin dilación: “Sin ningún género de dudas, el que se apiadó de los heridos y los atendió diligentemente, es decir, el turista italiano jubilado”.

Y Jesús le dijo: “Anda y haz tú del mismo modo”.

Y dirigiéndose a todos los jubilados y pensionistas que le seguían a dondequiera que iba, les instruyó así:

“Mirad y aprended esto que os digo: prójimo es aquel que está próximo, cercano a vosotros. Es aquel con quien te tropiezas cada día. Es todo hombre o mujer, niño o viejo, que está o pasa a tu lado. En verdad en verdad os digo que prójimo es: la persona que te encuentras al subir o bajar en el ascensor; el parado que toca la guitarra o el acordeón en los lóbregos pasillos del Metro para ganarse honradamente la vida y a quien tu niegas un mísera “chocolatina” de cien pesetas; el gitanillo que intenta infructuosamente limpiarte el parabrisas de tu coche delante de un semáforo en rojo y que tú rechazas de malos modos; el conductor del autobús municipal a quien increpas por sus bruscos frenazos y por los acelerones con tirón que te hacen tambalear; el quiosquero que te da los buenos días al venderte el periódico todas las mañanas; la vendedora de fruta del mercado que sufre tu reprimenda porque una pera o manzana salió podrida el día anterior; el guardia de tráfico que insultas porque te impone una multa por aparcar en doble fila o por saltarte un semáforo en rojo; la vendedora de castañas asadas; el cajero que te atiende de mala gana en el banco; el portero de tu vivienda y la mujer que limpia las escaleras; el compañero de fatigas en el trabajo; el vagabundo que parece dormido entre cartones y el drogata que se pincha bajo un puente”.

Pero Jesús, queriendo dejar bien patente este mensaje, siguió ejemplificando porque sabía que si bien todos aceptaban su doctrina en términos generales y abstractos, en lo concreto y en lo particular residía el conflicto y en problema. Por eso insistía:

“Pero también es vuestro prójimo: el chaval esclavizado al alcohol que te asalta en un descampado para quitarte el monedero; la asistenta o empleada de hogar que te quita el polvo y te hace la limpieza de tu casa por horas; el cartero que sudoroso te lleva cada día la correspondencia y los certificados; la prostituta callejera parada provocativamente en una esquina o bajo un árbol de la Casa de Campo; el homosexual travestido que intenta vender su cuerpo; la madre soltera con hijos que vive en tu urbanización; el dentista que te hace sufrir con el torno y las facturas; el delincuente común que te asalta a la luz del día; la mujer obligada a provocar un aborto; el terrorista que asesina por ideología o por venganza; el huelguista que exige aumento de sueldo y mejores condiciones laborales y sociales; el político que hace demagogia para conseguir tu voto; el jardinero que riega las plantas del jardín; el pescadero que trata de vender su mercancía; el farmacéutico que hace su negocio comerciando con tu salud; el funcionario que te atiende displicentemente detrás de un mostrador; el artista que desde un escenario te hace gozar, reír o sufrir; en fin, cualquiera persona que a lo largo de tus días se cruza en tu camino, está cerca de ti o tú próximo a ella”.

Y Jesús, para terminar y con el objeto de que no hubiera ningún género de dudas, culminó su mensaje diciendo solemnemente:

“Porque allí donde haya una persona, hombre o mujer, niño, joven, adulto o mayor, allí esto Yo. Y en cada uno de ellos me encontraréis”.

Y añadió, como era su costumbre cuando quería dejar su mensaje claro y patente:

“¡El que tenga oídos para oír, que oiga!”.

Y se marchó paseando por la orilla del río Manzanares y, cerca del Puente de Segovia, se quedó en silencio orando hasta el atardecer.

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