Se comienza a envejecer cuando se deja de amar
Al poco rato, algunos sacerdotes acompañados de policías municipales y de directivos del Instituto Nacional de Migraciones y Servicios Sociales, más conocido como el IMSERSO se presentaron ante el señor trayendo a una mujer viuda sorprendida en flagrante adulterio en una Residencia de Ancianos de la Comunidad de Madrid. Y poniéndola en medio delante de Jesús, le dijeron acalorados:
“Maestro, esta viuda acaba de ser sorprendida en la Residencia acostada en la cama con un anciano, viudo como ella, haciéndole arrumacos y carantoñas, cometiendo adulterio, escandalizado a los demás ancianos residentes y contraviniendo el Estatuto Básico de Centros aprobado en su día por las autoridades competentes del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. Por otra parte, el Reglamento de Régimen Interior de esta Residencia de Válidos dice que esta clase de falta hay que castigarla con la expulsión y pérdida de la plaza de residente. Nosotros pensamos, por otra parte, que como la falta ha sido muy grave, a esta mujerzuela también debe quitársela la pensión de viudedad. Tú, ¿qué dices?”.
En realidad todo aquel montaje era una encerrona. Decían todo esto para probarle y tener de qué acusarle. Por que si Jesús se ponía a favor de la viuda adúltera todas las autoridades civiles y religiosas se le echarían encima, y si por el contrario, la condenaba, un gran número de personas mayores perdería la fe en Él, por cuanto muchos ancianos buscaban imperiosamente la relación interpersonal y el amor, como necesaria compañía, como autoafirmación de su personalidad y como solución a su grave problema de soledad y aislamiento social.
Pero Jesús, conocedor de lo que tramaban en su corazón, se agachó y se puso a escribir con un dedo en la tierra. Todos se quedaron asombrados y expectantes. Como los sacerdotes, los policías municipales y los directivos del IMSERSO insistieran en su pregunta, se incorporó Jesús y les dijo: “El que de vosotros esté sin culpa, que levante la mano y firme el acta de expulsión de esta mujer de la Residencía de Ancianos”. Y agachándose de nuevo, continuó escribiendo en el suelo.
Al oír aquellas palabras empezaron a retirarse uno tras otro, comenzando por los más altos cargos de la Administración Pública y siguiendo por los sacerdotes más viejos que comentaban entre sí: “Este hombre, al que llaman Jesús, a lo que se ve, también está imbuido de la Teología de la Liberación. Vayamos a informar al Nuncio y a la Conferencia Episcopal. Quizás sería conveniente que conociera también estos hechos el Cardenal de Roma que preside
Jesús se quedó solo con la viuda que continuaba en medio delante de Él. Entonces se alzó Jesús, se dirigió a ella y le dijo: “Mujer, ¿dónde están los que te condenaban y te querían expulsar de la Residencia de Ancianos y quitarte la pensión? ¿Nadie te condenó?”.
Y ella contestó avergonzada: “Nadie, Señor”.
Entonces le dijo Jesús: “Pues Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más. Y si amas a tu compañero, cásate con él, aunque por ello el Estado y el Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS) te quite la pensión de viudedad. Prescinde del qué dirán los demás residentes y los funcionarios que te rodean. Haz lo que te dicte tu corazón. Y ahora vete y que seas muy feliz. Porque ya lo decían los antiguos: “Antes pierde el viejo el diente que la simiente”. Porque en verdad en verdad te digo: se comienza a envejecer cuando uno deja de amar. Pero desgraciadamente muchos jubilados parecen olvidarlo”.
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