Reflexiones de un jubilado: “Palabras clave”

El español tiene palabras modestas, como pan, silla, o Jacinto; pretenciosas, como pedúnculo, o ciudadanía; solemnes, como turiferario y facistol; antiguas, como mentecato, lechuguino, decente, o devoto; anacrónicas como honor, patria, o democracia; y de colegio de jesuitas, como lugares, que significaba urinario, y ejercicios, que significaba todo lo demás. Las únicas que han sobrevivido incólumes al paso de los años han sido impuestos y ejercicios, que proceden de la misma raíz cananea mpuêj, que significa: el que es jodido a todas horas. Y que además, si lleva la terminación en os, se refuerza con el adverbio impunemente.
Los mayores, por lo general, no han necesitado conocimientos de filología para experimentar la contundencia semántica de dichas palabras, pues toda su vida ha girado alrededor de las mismas. Vivir es pagar impuestos. En general el mundo civilizado se basa en ese principio; pero cuando se trata de un español la cosa ya no está tan clara, pues de su misma esencia es reinterpretar la realidad. De ahí la famosa frase de Ortega: Yo no soy objetivo, porque no soy objeto; soy subjetivo, porque soy sujeto, a la que todo compatriota suyo se aferra en cualquier circunstancia comprometida, al igual que hacen los americanos con la quinta enmienda.
-Su deuda con Hacienda es de 14.235 euros, más el 20% de recargo por demora, más el 5% para Corina.
-¡Me acojo a Ortega!
-¡Y una leche!
-¡No señor: y Gasset!
Esta manera tan brusca de enfrentarse a la realidad es producto de la juventud, que es muy impulsiva. Los mayores saben perfectamente que mucho más eficaz que el enfrentamiento en campo abierto, es la guerra de guerrillas, que inventaron sus tatarabuelos cuando Napoleón vino a presentarles a su hermano Pepe. Consiste en desorientar al adversario y llevarlo a su terreno, hasta que se rinda.
-Su deuda con Hacienda asciende a 31 euros, más el 20% de recargo por demora.
-Me declaro insolvente
-Pero señor Botín…
-Puede llamarme querido Emilio, si quiere…
Ya entonces los mayores sabían muy bien que la mejor manera de sobrevivir en un mundo lleno de inspectores de Hacienda era la práctica regular de la segunda palabra clave, que señalábamos más arriba: ejercicios. Aquí es donde brillan con especial intensidad, porque saben algo que los jóvenes desconocen por completo: que ese término es polisémico. Lo que quiere decir que tiene varios significados. Así, lo que para los que viven fuera de la catedral del tiempo, no es más que ir al gimnasio, ponerse unos cascos y andar por una cinta transportadora; para los mayores tiene significados múltiples, relacionados siempre con su experiencia.
El ejercicio más elemental para ellos era el que se llamaba gimnasia sueca, que consistía en levantar los brazos inspirando profundamente y bajarlos espurruteando al de delante de la fila. Ese momento irrepetible lo solía dirigir un militar, que se esforzaba mucho por utilizar un lenguaje no cuartelero, cuando los gimnastas a sus órdenes eran de colegio de pago.
-¡A ver, usted, el de los pantalones bombachos!
-¿Es a mí?
-¡Sí! ¡Le he dicho veinte veces que si corre santiguándose para saltar el plinto, se va a pegar una hos… un golpecillo…!
-Gracias, profesor, voy otra vez. ¡San Leandro, protégeme!
Otro ejercicio que nunca podrán olvidar quienes lo disfrutaron era el pensum, que consistía en aprenderse de memoria poesías, listas de reyes, fórmulas químicas, el catecismo entero, las eras glaciales, las clases de silogismos, las familias de insectos… ¿quién no recuerda con nostalgia a los apterigógenos, arquípteros, ortópteros, coleópteros, neurópteros, heminópteros, hemípteros, dípteros, afanípteros y lepidópteros? De ahí a que se llamase cabezón a quien lo conseguía, no había más que un paso.
Luego venían los ejercicios de redacción que siempre versaban sobre mi ciudad / pueblo, aunque también se daba el caso de que podían ser sobre mi familia / amigos. En esto los profesores valoraban mucho la originalidad moderada, que consistía en sorprenderlos levemente, pero sin darles un susto.
-A ver Ortigueira, ¿por qué comparas a tu familia con el arca de Noé?
-Porque me recuerda a mi padre
-¿Y eso…?
-Por lo del camello…
Había otros muchos ejercicios, como los de labores para las chicas, o los de matemáticas que eran unisex; pero los genuinos, los inconfundibles, los únicos, los irrepetibles, eran los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola, que se impartían en los colegios de los jesuitas. Una vez al año, los alumnos de los cursos superiores eran encerrados durante tres días en las llamadas casas de ejercicios, para un centrifugado a fondo de sus almas. La escenografía del acontecimiento era fundamental. Las meditaciones se suministraran en una siniestra oscuridad de la que solo sobresalía la nariz con gafas del jesuita, desde detrás del flexo que iluminaba quedamente la pequeña mesa tras la que se parapetaba. Al final se salía con la sensación de lo importantes que eran las matemáticas, porque los pecados, el infierno y la muerte, que eran los verdaderos protagonistas de aquellas jornadas, no impresionaban nada sin un sistema de pesos y medidas adosado a ellos. Que había que contabilizar periódicamente en los confesonarios adosados a las paredes de la iglesia grande, que eran como las balanzas de carretera para controlar las cargas de los grandes camiones que circulan por las autopistas. Y los multan convenientemente…
-Me acuso de llamar imbécil al Padre Terol.
-¿Y él se ha enterado?
-Pues no, porque lo digo bajito
-Entonces no te preocupes, hijo mío, que eso no es pecado sino definición.
¿Qué fue de todo aquello? ¿Sigue habiendo palabras clave en la vida de los mayores? Se supone que las habrá, pero se desconocen por el momento, lo que tiene muy desconcertados a los lingüistas, por los cada vez más frecuentes silencios que parecen haberse apoderado de los que antes eran tan locuaces. Algunos opinan que será por la crisis; otros creen que es una demostración de la sabiduría ésa que les atribuye el tópico, y que saltaría hecha añicos si se decidieran a hablar.
Por lo pronto, las cosas están llegando a extremos impensables no hace tanto, como el de ni siquiera dar las gracias al conductor del Seat León negro, que se paró antes del paso de peatones por el que iban cruzando… sin arrollarlos, como estaba previsto.

[Autor: Ignacio Despujol y Coloma]

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